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Historia de Chiconcuac

Los primeros datos que encontramos respecto a los orígenes de este ingenio de Chiconcuac nos dicen que para 1731 "el trapiche de Santa Catarina Chiconcoac era propiedad de Andrés Martínez, vecino de Cuernavaca".


Sin embargo, su fundación debe haber sido anterior, pues para estas fechas ya se le consideraba un trapiche importante y al año siguiente, en junio de 1732, la propietaria ya era María Gertrudis Caballero, quien "se resistía a enviar sus quince cargas de azúcar a México, porque se decía enterada de que los precios del dulce habían subido a tres pesos por arroba y que esperaba que para el mes siguiente aumentasen a cuatro pesos".


Después de la guerra de Independencia se une esta hacienda a las de Dolores y San Vicente para formar una unidad bajo el dominio de don Vicente Eguía, comerciante de Cuernavaca y dependiente del opulento Yermo.


A mediados de siglo, dentro de los decretos del Congreso del Estado de México, al cual todavía pertenecía el territorio que algunos años después sería el estado de Morelos, se publicó en mayo de 1851 una lista de haciendas con su respectiva catalogación fiscal de acuerdo a sus volúmenes de producción y allí encontramos a Chiconcuac como de tercer orden, pagando 150 pesos mensuales de contribución.


Pasa después a manos del subdito español don Pío Bermejillo, junto con las de San Vicente y Dolores y en 1874 las vende a don Jorge Carmona y doña Dolores Arriaga de Carmena, de la ciudad de México. En esta época su valor fiscal era de 69,300 pesos, como unidad, pero funcionaba como anexa dé San Vicente.


El grupo de estas tres haciendas permanece unido cuando son entregadas a la empresa Béistegui y Cía., en 1889, como leemos en la Memoria presentada al Congreso del estado de Morelos (que se había creado 20 años antes), por el entonces gobernador don Jesús H. Preciado.


En la época de la Revolución sigue la historia de esta hacienda, unida a la de San Vicente y sus anexas, pasando por las manos de don Delfín Sánchez, su viuda doña Felicitas Juárez, quien era hija de don Benito Juárez, luego la hereda, en 1905, doña Isabel Sánchez Juárez y su marido Ramón Corona, hasta que se paraliza en la época de la lucha revolucionaria para ser desintegrado el latifundio, como vemos en la relación de San Vicente, quedándole a este casco 135 hectáreas después del reparto agrario. Lo incauta posteriormente la Caja de Préstamos para venderlo en 1927 al general Francisco. Serrano. El abandono hace sus estragos y aunque pasa por varias manos de particulares, entre él los del actor de cine norteamericano, Tyrone Power, se sigue destruyendo hasta que hace unos cuantos años la comienza a reparar el arquitecto Guillermo Gutiérrez Esquivel, utilizándola como casa de descanso y albergue de sus colecciones. Llama la atención el teatro habilitado en un cuarto de hornallas que, aunque no corresponde en época, pues semeja un foro medieval europeo, cumple su nueva función y preserva el edificio.


El estupendo acueducto, que aún funciona, llega del exterior y nos marca con claridad el lugar de la rueda, el trapiche, las hornallas, con linternillas reconstruidas y una hilera de chacuacos de sección rectangular, así como el resto del ingenio, con algunos de los salones sin techo.


La casa principal, con su tradicional galería con arcos labrados en piedra, aunque aquí sólo en la planta alta, a los lados ventanas bien proporcionadas y un gran arco en la planta baja que conduce a los amplísimos salones que servían como purgares.